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Columna de opinión

Saben cuántos votos necesitan, pero no cuántos tienen

Casi todas las campañas conocen su meta. Muy pocas pueden demostrar cuánto llevan.

Por Daniel Largo · Julio de 2026

Haga la prueba con cualquier campaña municipal. Pregunte cuántos votos necesita para ganar y le darán una cifra precisa, sacada del resultado de la elección anterior y de la participación esperada. Pregunte después cuántos votos tiene hoy y también le darán una cifra. La diferencia entre las dos respuestas es que la primera tiene un origen verificable y la segunda casi nunca.

Cuando se le pide a una campaña que explique de dónde sale su cuenta, aparecen siempre los mismos tres ingredientes. El primero es la suma de lo que prometen los líderes: cada uno asegura que trae cien, doscientos o quinientos votos, y nadie se atreve a preguntarle cómo lo sabe. El segundo es una regla de manual, del tipo «cada persona comprometida trae diez», que se aplica igual en un barrio que en una vereda. El tercero es el resultado de la elección pasada, como si los votos de hace cuatro años siguieran en el mismo lugar esperando a que alguien los recoja.

Ninguno de los tres es un dato. Son estimaciones, a veces razonables, que se van repitiendo en reuniones hasta que se vuelven certeza. Y como a nadie le conviene traer la mala noticia, la cifra solo puede crecer. El líder no quiere parecer débil ante el candidato, el coordinador no quiere parecer débil ante la gerencia y la gerencia no quiere desanimar al candidato. Así se construye una campaña que se siente fuerte y no sabe si lo es.

El problema no es de optimismo, es de decisiones. Una campaña que cree tener más de lo que tiene descuida las zonas donde está vacía, porque supone que allí ya está cubierta. Gasta en publicidad donde no hace falta y deja sin refuerzo los lugares donde se va a definir la elección. Y lo descubre tarde, normalmente en las últimas semanas, cuando ya no hay tiempo de corregir nada.

La salida empieza por una distinción sencilla que casi ninguna campaña hace. Una cosa es la gente a la que se ha llegado de verdad, con nombre y forma de volver a buscarla. Otra cosa es la gente a la que se podría llegar a través de esas personas. Y otra muy distinta es el apoyo que razonablemente se puede esperar de todo eso. Son tres números diferentes, y la tentación permanente es sumarlos y presentarlos como uno solo, porque el total siempre se ve mejor.

Mantenerlos separados es incómodo. Obliga a reconocer que la estructura real es más pequeña que la estructura prometida, y eso no le gusta a nadie en marzo. Pero es la única forma de saber dónde está parada una campaña y qué le falta. Prefiero una mala noticia a tiempo que una explicación después de la derrota.

Hay un segundo aprendizaje que se repite: la cifra útil no es la del municipio, es la de cada puesto de votación. Un total departamental o municipal esconde lo importante. Una campaña puede ir bien en el promedio y estar perdiendo en los tres o cuatro lugares que deciden el resultado. Leer el territorio puesto por puesto permite ver esos huecos mientras todavía se pueden llenar.

Nada de esto requiere una gran inversión. Requiere disciplina para registrar el trabajo de calle, honestidad para no inflar lo registrado y criterio para leerlo. Es menos vistoso que una valla o un video bien producido, pero es lo que permite tomar decisiones con fundamento.

Una campaña que sabe cuántos votos tiene puede equivocarse, pero se equivoca sabiendo dónde. Una campaña que solo sabe cuántos necesita camina a ciegas hasta el día de la elección, y ese día ya es tarde para encender la luz.

Daniel Largo. Sociólogo. Especialista en Cultura Política y magíster en Derechos Humanos y Democracia.

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